sábado, 3 de noviembre de 2012

EN LA ESTACION: UN RELATO LITERARIO SOBRE LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

Nieves Martínez Hidalgo




    








                                                                    I       

Se acercaba la navidad. Caían los primeros copos de nieve. Rosario y Esperanza se despedían en la estación de tren de su pueblo. Junto a Esperanza descansaban dos voluminosas maletas de piel. Alta y delgada, vestía con pantalón de pana fina y un suéter de cuello vuelto,  color fucsia, que sobresalía de su abrigo de lana. Una melena dorada y una amplia sonrisa iluminaban su cara. Se balanceaba, emocionada, sobre sus largas piernas, cual junco mecido por una suave brisa, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
Rosario se había recogido el pelo en una cola; seria y formal, con faldita de tablas azul marino, camisa blanca y chaquetón granate, acariciaba una medallita de oro que lucía sobre su pecho, tratando de disimular su nerviosismo. El silencio las acompañaba hasta que el silbato del factor irrumpió bruscamente en sus tímpanos cortando la respiración y los pensamientos de ambas.

Un solo beso deslizó Esperanza en la mejilla pálida de Rosario, que permaneció inmóvil, cual muñeca de cera, mientras su amiga subía al vagón y se acomodaba en su asiento. Rosario acertó a levantar tímidamente su helada mano cuando el tren ya se alejaba. Mientras secaba sus lágrimas, Esperanza no pudo ver este último y único gesto de despedida de su compañera de colegio y cómplice de juegos, paseos y guateques.

Rosario, cabizbaja y de vuelta a casa, caminaba insegura, dando algún traspié. Se golpeó con la cesta de mimbre que llevaba una señora y se hizo una carrera en las medias. Se disculpó y continuó su marcha lenta y torpe por la acera. Imaginaba a Esperanza, confortable en su asiento, leyendo “Anna Karénina”, la novela que desde principios de diciembre había tomado prestada de la biblioteca municipal –solía decir que Tolstói y Dostoievski eran sus autores favoritos-. La devolvería por correo postal cuando la hubiese terminado, le había dicho a Pepe, el bibliotecario, la tarde que fue a despedirse de él.
Evocaba su imagen con la cara girada hacia la ventanilla, sus manos entrelazadas sobre el libro que había depositado con suavidad en sus rodillas, observando cómo el relieve del paisaje se iba tiñendo de blanco. A Esperanza le encantaba mirar, se quedaba embelesada, abstraída, extasiada, pretendiendo ser parte de la naturaleza, sumergiéndose en ella, diluyéndose en esas imágenes que captaban su atención y la  inundaban de un profundo sentimiento de amor. A Rosario le gustaba escuchar los cuentos y los relatos sobre viajes que Esperanza le leía en voz alta, en especial, los que habían sido escritos por ella misma. A veces, pensaba que la conocía mejor a través de sus escritos que de sus actos. Esperanza era una mujer especial, sensible, amante de la vida y de todo aquello que la tuviese; en verano, se emocionaba contemplando la llegada de las golondrinas; en invierno, con el despertar de los primeros brotes en las ramas de los almendros. Las lágrimas recorrían sus mejillas al escuchar cualquier composición musical que le hiciese vibrar, aunque con Mozart su espíritu siempre volaba más alto. Además, le gustaba echar una mano como voluntaria de la Cruz Roja, recaudando fondos y atendiendo a niños cuyos padres no podían hacerlo. Por la mañana temprano, iba a la residencia y se encargaba de asearlos, darles el desayuno y llevarlos al colegio. Los sábados, después de desayunar y ayudarles a ordenar sus dormitorios, los acompañaba a la biblioteca y allí les leía algún cuento.

Cuando Rosario estaba llegando al portal de su casa, buscó y rebuscó –sin éxito-sus llaves, dentro del bolso y en los bolsillos de su chaquetón. Finalmente, aunque no le apetecía encontrarse con su madre,  tuvo que golpear con el llamador varias veces –con los nervios de la despedida habría dejado las llaves olvidadas sobre la mesita-. Carmen salió a abrirle. Nada más entrar, a Rosario continuaba impresionándole el hecho de que todas las habitaciones se hallasen sumergidas en una densa y húmeda atmósfera carente de luz.  Hacía más de diez años que Carmen, su madre, había perdido la vista, a raíz de las lesiones sufridas en un gravísimo accidente de tráfico.  Un choque frontal contra un camión, que, también, acabó con la vida del padre de Rosario, momentos antes de que llegasen los servicios de emergencias. Con su blanco bastón, y, a pesar del dolor por la pérdida de su esposo, Carmen había  aprendido a moverse, dentro y fuera de su hogar, con una soltura que  a todos asombraba.

Una vez en el interior de la casa, madre e hija no se dijeron nada. Rosario no dedicó a su madre ni una mirada. Se fue rápida a la salita, encendió la  lámpara de pié y, como si nada hubiese sucedido, sacó el costurero del primer cajón de un mueblecito de madera y se acomodó junto a una ventana, por la que apenas entraba luz,  pero le permitía distraerse viendo pasar  a sus vecinos o a los niños jugar en la calle. Sentada en su sillón orejero de cuadros verdes, se dispuso a continuar con el mantelito de punto de cruz que una vecina, amiga de su madre, le había encargado. Desde que salió del instituto, su principal entretenimiento lo constituía la costura. A veces, también leía libros que le recomendaba Esperanza, más, sin lugar a dudas, lo que a ella  le apasionaba era coser. Por correspondencia, había seguido un curso, consiguiendo un Diploma en Corte y Confección. Recibía algunos encargos de las vecinas, un traje de chaqueta, un pantalón de pana fina para la nieta de una prima de Carmen, el traje bautismal para un recién nacido. No solía cobrar por ello, únicamente pedía que le trajesen las telas y los hilos.
A Esperanza le agradaba contemplar la destreza de su amiga. Ella se sentía incapaz de enhebrar una aguja y dar una sola puntada. Algunas tardes, iba a visitarla, se sentaba a su lado, en la mesa de camilla, y, mientras Rosario se concentraba en su labor, ella leía, en voz alta, cuentos de Marguerite Yourcenar, de Antón Chéjov, de Guy de Maupassant o de Flannery O’Connor. Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas de este otoño tan frío, Rosario había rogado a su buena amiga que leyese sólo los que habían salido de su portentosa imaginación.
Otras veces, cuando Carmen se marchaba para hacer algún recado o visita, encendían la radio y se ponían a bailar. Reían, charlaban, veían fotos de los últimos guateques y comentaban sobre los chicos que les gustaban.


                                         


                                                             II


Esperanza, con los ojos humedecidos, había sacado de su bolso la novela de Tolstói. Quería leer. Necesitaba relajarse, evadirse del tiempo presente, huir hacia otros escenarios, otras historias en las que ni ella ni su  amiga Rosario fuesen las protagonistas. Sin embargo, su mente se resistía, no le permitía enfocar la atención sobre aquellas páginas que hacía unos días tanto le atraían. Esperanza leía y releía cada frase, cada párrafo. Era como si estuviese leyendo la novela en ruso, en su edición original. No entendía nada. Una contienda de emociones se agolpaba en su mente, en su pecho, en su ser, chocando entre sí. Por un lado, la aventura que había comenzado a vivir generaba en ella unos intensos sentimientos de felicidad, que en cualquier otra situación le hubiesen hecho levitar, por otro, dejar a Rosario en el pueblo, abandonarla de este modo le hacía  sentirse muy culpable. Mientras, el tren avanzaba hacia el noroeste: Hellín, Tobarra, Albacete,… Madrid,… Santiago de Compostela, final del camino. Esperanza confiaba en la fuerza de voluntad de su amiga. Pensaba que, esta vez, Rosario iba  a ser capaz de superar los obstáculos que levantaban el egoísmo y el miedo a la soledad que dominaban los buenos sentimientos que pudiera albergar el corazón de Carmen, cada vez que su hija la hacía partícipe de sus propósitos de iniciar una nueva vida. Le dolía haberse equivocado. Lamentaba que Rosario no hubiera reunido la energía suficiente para cargar con las maletas de su conciencia y, luego, arrojarlas desde el tren antes de llegar a Santiago. Ella había insistido en esta ciudad. Madrid  había sido el destino propuesto por Esperanza.
-Rosario,  marchemos a Madrid, es una  gran ciudad, muy hermosa; allí  habrá más posibilidades de encontrar trabajo.
-No lo dudo, pero tú, Esperanza, mi más querida amiga, vas a ser más feliz en Santiago de Compostela, en esa pequeña ciudad del norte, rodeada por una naturaleza salvaje, que te hará soñar e iluminará nuevos relatos que, una vez escritos, me leerás y, dejándome llevar por la melodía de tu voz, lograrás emocionarme una y otra vez más.





                                          

                                                           III



A medida que Rosario era consciente de que su amiga se iba alejando de ella, apretaba más la aguja y movía con ligereza las piernas, que tenía cruzadas bajo las faldas de la mesa de camilla. Un elevado nivel de ansiedad estaba movilizando su sistema nervioso. Un balón giraba dentro de su estómago, provocando una angustiosa  sensación de vacío. Rosario imaginaba cómo un compás gigante, sobre un gran mapa de España, dibujaba el enorme ángulo que la separaba de Esperanza y de sus sueños. No conseguía dar ni una punzada sin pincharse. Sin darse cuenta, dejó caer el mantelito, todavía enganchado por el hilo enhebrado a la aguja que, insistente, sujetaba entre sus dedos, y con la que continuaba dibujando cruces en el aire. Con la costura colgando de su mano, se levantó y fue a la cocina. Puso agua a calentar y acertó a prepararse una tila.
De nuevo en la salita y portando una bandejita con una taza de porcelana y una tetera humeante, Rosario reanudó el punto de cruz con el hilo de seda –esta vez de color rosa palo-. Imposible atender a una labor que siempre le absorbía de tal modo, que, incluso, se olvidaba de preparar la comida para su madre y para ella. Desde bien joven, estuvo muy pendiente de éste y otros menesteres; la abuela Úrsula se lo encomendaba una y otra vez.
 -Debes cuidar a tu madre, su situación es muy delicada, recuérdalo-.
Sin embargo, en este momento, no era la figura materna la que ocupaba la mente de Rosario, entorpeciendo su concentración. Era la figura de su amiga la que veía, al final de un túnel, alejándose, cada vez más diminuta, cada vez más distante.
Conforme aumentaba el espacio físico entre ambas, su corazón se inflamaba y  enviaba mensajes directos  y cada vez más frecuentes e intensos al centro de su cerebro y éste respondía con una vocecita que luchaba por hacerse escuchar.

…corazón acelerado, aumento de la presión arterial, hiperventilación, sofoco, miedo… deseo de hacer algo incontrolado… Rosario, te has equivocado al creer que tu lugar está aquí, junto a tu madre; haz tu maleta, corre, márchate, quizás todavía puedas alcanzar el tren, detenerlo y subirte a él…tenías un sueño, viajar con Esperanza, buscar trabajo lejos de tu localidad natal, luchar por un futuro mejor, conocer gente nueva, encontrar la brújula con la que guiarte a través de ese océano de incertidumbre en el que sueles navegar, alejándote, escapando, a veces, de la realidad… intentando huir de tu propia responsabilidad… de tu responsabilidad de hacerte feliz, de construir una vida propia, coherente con tus ideales, con tus valores… sé valiente por una vez…

Rosario se levantó del sillón, guardó el costurero, apagó el brasero de gas y la luz y se dirigió hacia la cocina. Preparó unas lentejas estofadas y una ensalada. Sobre la mesa colocó un hule de cuadraditos verdes, los cubiertos, las servilletas, la jarra del agua y dos vasos. Todavía era temprano para avisar a su madre y sentarse a comer. Rosario ocupó ese tiempo en su dormitorio. Cerró la puerta y encendió la radio.



                                                 

                                                         IV


Esperanza se levantó y fue al vagón restaurante. Se pidió un café con leche y se lo bebió despacio. Un chico se le acercó y le pidió fuego. Ella negó con un movimiento de cabeza. ¿Se encuentra bien? Sus ojos parecen tristes. -Le preguntó él. Sí, estoy bien, no se preocupe. Perdone, pero no tengo ganas de conversación. -Contestó Esperanza.

De vuelta, tambaleándose por los pasillos, continuaba sin poder desconectar.  De nuevo en su asiento, abrió su novela por la página 190. En ella, Tolstói relata cómo Aleksándrovich, a pesar de no ser celoso, se deja llevar por los prejuicios del resto de invitados y decide hablar con su mujer sobre lo sucedido. Esperanza no lograba retener ninguna frase, ningún significado. Se tocaba el pelo, como arreglándoselo, pero, en realidad, estaba tirando con discreción de uno de sus dorados y rizados mechones. Se sentía mal. No podía alejar de su mente la imagen de Rosario.

Esperanza, vencida, por el agotamiento producido por su propia batalla interior, dejó caer el libro sobre sus piernas y miró su reloj de pulsera. Llevaba una hora de viaje. Imaginaba que, en el asiento vacío que había junto al suyo, Rosario la acompañaba, murmurando entre sueños. Conocía bien a su amiga y sabía que se trataba de una mujer activa e inquieta, pero muy miedosa.  Se ponía tan tensa cuando viajaba, que su cerebro decidía hacerla dormitar para economizar energía y, esto, muy a pesar de ella. Tenía claro que, aunque hubiese intentado darle conversación, en unos pocos minutos,  Rosario habría  bostezado y, dando una cabezada tras otra, no habría recobrado una conciencia completa hasta el final del viaje.

Esperanza soñaba con  encontrar un buen trabajo, quizás un buen hombre con el que compartir el peso de su soledad, porque ella, aun siendo joven, ya tenía la experiencia necesaria para saber que la soledad pesa. Un día, caminando por la calle Mayor de su pueblo, lo comentaba con su amiga Rosario.
-Rosario, ¿sabes que la soledad pesa? Yo lo noto, soy consciente de que tiro de ella, la arrastro a mis espaldas como una sombra de cientos de cantos rodados… sí, y, muy a menudo, cuando comienzo a dar los primeros pasos en una nueva actividad o en un nuevo proyecto, es cuando más pesada la siento.
-Sí, pesa, lo sé, Esperanza. Aunque yo noto más su frialdad extrema, sobre todo, cuando me visita y me hace despertar temblando, con su presencia helada, en mitad de la noche. Al principio, creo que es miedo lo que siento, que alguna pesadilla me ha sacado del sueño.  Pero no, no se trata de miedo, es la sensación de frío la que me invade. Si, en ese momento, hubiera alguien en mi cama, me estrecharía contra su cuerpo, piel con piel, para alejarla de mi lado.
A menudo, Rosario y Esperanza mantenían conversaciones de este tipo, aunque, enseguida, una de ellas viraba el rumbo con algún comentario divertido o chistoso. Les unía, también, un sentido del humor semejante.

… ojalá, Rosario, hubieras decidido acompañarme… ojalá hubieras vencido esta vez la presión de ese señor don Miedo, dictador de dictadores que te limita, que pone techo a tus proyectos y peso a tus ilusiones… ya te estoy echando de menos… no sé, te veía tan segura, te creí, me confié… tendría que haberte insistido más… me relajé… te sentía fuerte…con tanta ilusión… En Santiago seremos felices, -me decías- y utilizabas el plural… te creí… en Santiago encontraremos trabajo… yo no estaba totalmente de acuerdo con el análisis de la situación social y laboral que tú hacías, pero te apoyaba… al menos, saldrías de casa y, una vez fuera, podríamos cambiar el rumbo de nuestro destino… iríamos a Madrid, como había propuesto yo, o cruzaríamos la frontera… en Francia, en Italia o en Suiza podríamos trabajar en un hotel o en un restaurante…
… en parte, me siento traicionada... Rosario, me siento engañada por ti…
… comprendo tus circunstancias…  pero esto no se le hace a una amiga…
… me duele que hayas sido tan blanda… que la culpa te haya enganchado de tal modo que te ha permitido dejarme sola…
                                          
El chico que se le había acercado en el vagón cafetería pasó a su lado, la saludó y le preguntó si se encontraba mejor. Esperanza, con gesto airado, rechazó  este segundo intento de conversación. El chico se alejó contrariado.
Era evidente que Esperanza se hallaba ensimismada, no quería trato con nadie. Buscaba respuestas a sus dudas y salidas para su angustia. De momento, no las encontraba.





                                                          V




Rosario había comenzado a hacer sus maletas. Durante la comida, habló con su madre comunicándole su cambio de opinión. No se quedaría con ella. Cogería el próximo tren que saliese para Madrid. Iría en busca de tiempo y espacio para poder forjar sus proyectos, en busca de independencia, de vida. Se marcharía al día siguiente. Discutieron, Carmen perdió los nervios, insultó y ofendió a su hija. Rosario elevó la voz, enfureció y golpeó la mesa con el puño. Las lentejas estofadas quedaron frías y apelmazadas en sendos platos. Más tarde y algo más tranquila, lo fregó todo, barrió los cristales de un vaso que había estrellado contra el suelo, ordenó la cocina y salió para recoger el billete de tren y hacer algunas compras. En el centro de la plaza de San Bartolomé estaban colocando el árbol con sus adornos navideños y los niños corrían y saltaban tratando de atrapar intactos esos trocitos de algodón helado que caían del cielo. La castañera –colocada, al resguardo del frío, bajo uno de los arcos de los soportales de la plaza- ofrecía sus castañas asadas a peseta el cucurucho. Rosario se detuvo, por un momento, para contemplar la escena, respiró hondo y esbozó una sonrisa de alivio. Sabía que estaba tomando la decisión acertada.
Cuando regresó a casa, su madre se había metido en la cama y permaneció acostada durante toda la tarde, tampoco se levantó a cenar, a pesar de los ruegos de su hija.
-Mamá, sabes que tienes que cenar, no puedes estar en ayunas tanto tiempo.
-Déjame en paz. Fue la única respuesta de Carmen, tapándose la cabeza con la manta.

Durante la noche, los sueños de angustia se fueron intercalando con los de felicidad. Y, aunque la culpa, disfrazada de miedo al fracaso, horadaba las paredes de su corazón, la vitalidad, la lucidez y la valentía aunaban sus fuerzas apuntalando los debilitados muros de su intelecto y de su voluntad.
Al despertar, como cada mañana, Rosario preparó el desayuno para su madre y fue a llamarla. La cama estaba deshecha, pero su madre no estaba en el dormitorio. La buscó, sin éxito, por toda la casa. Pensó que habría salido a comprar el pan o que se habría acercado a casa de alguna vecina para desahogarse y contarle lo sucedido.
Rosario desayunó sola y se preparó para el viaje. Dejó las maletas en el pasillo, junto a la puerta de la calle y salió a buscar a su madre para darle un beso de despedida. Ninguna vecina la había visto. En la panadería, no sabían nada. Rosario volvió a casa con la cabeza bien alta, pensaba que, esta vez, sí llevaría a término sus sueños, aunque no contase con la aprobación de su madre. En ese instante, el odio y la rabia se apoderaron de ella. Estaba cansada de que su madre le estropease todos sus planes. Carmen siempre conseguía convencerla de que sus ideas y sus aspiraciones estaban fuera de toda lógica y, por supuesto, de que su obligación, como buena cristiana, era la de permanecer a su lado hasta el último de sus días y ayudarle en todo lo que fuese necesario.
Hacía ya dos años que Rosario se había propuesto realizar las pruebas de acceso a la universidad. Quería estudiar Pedagogía. Su madre le hizo desistir de su intento con una retahíla de consejos prácticos y pesimistas predicciones.
-Pedagogía es una carrera sin salidas. Esos estudios no sirven para nada. De todos modos, al final, todo consiste en aprobar unas oposiciones y aceptar el destino que te toque y tú debes tener presente que no puedes dejarme sola. Tienes que cuidar de mí, y yo, de mi casa no me muevo, no lo olvides.
El pesimismo y la depresión podrían haber debilitado la salud de Rosario. Su sistema inmunológico hubiera perdido la batalla ante el poderoso ejército de rígidos principios morales -que sus padres y la sociedad en la que vivía le habían inoculado como si se tratase de un virus letal- de no ser porque era una mujer con un optimismo, un arrojo y una capacidad de soñar inmensos. Cuando visitaba a su médico de cabecera para recoger las recetas de su madre, don Ignacio siempre le decía que tenía una salud de hierro. En realidad, Rosario no gozaba de una salud de hierro, sino de una salud mucho más fuerte, a prueba de bomba; el doctor erraba en su juicio clínico porque desconocía las intrincadas relaciones afectivas que mantenían madre e hija.

Carmen continuaba retrasando su llegada. Rosario estaba nerviosa, movía las maletas, las colocaba más cerca de la puerta, las volvía a coger y las retiraba, aproximándolas a la pared para, si su madre llegaba, impedir que tropezase con ellas. Se asomaba a la ventana. Iba y venía al baño, se lavaba la  cara, se miraba al espejo y reflexionaba, viendo su reflejo.

… ¿quién eres tú?… ¿quién quieres ser?… todos estos años renunciando a ser tú misma… ¡bobadas!, ¡ideas de loca!, diría mi madre… quiero salir de todo esto… ¿cómo es posible que haya podido vivir tan engañada?… ¿cómo no me he dado cuenta antes?… qué gruesa era la venda que me había colocado en los ojos… y cómo apretaba… ni pensar me dejaba…
…¿qué madre podría chantajear a su hija de un modo tan cruel?… después de todo lo que he hecho por ella… dejarme marchar sin un beso… cree que soy incapaz de llevar a cabo mis planes… ha conseguido que renuncie tantas veces a ellos… esta vez, se equivoca…  lo tengo decidido… no es el impulso de una joven rebelde de diecisiete años que quiere salir  huyendo de casa… sin dinero, sin ropa… en mitad de la noche… a punto de cumplir los treinta años, soy consciente de que sólo se vive una vez, sólo conozco una vida que es la que tengo y quiero vivirla… quiero vivirla ahora…

Se puso el chaquetón granate, cogió las maletas y, dando un portazo, cerró con doble llave. Estaba dando los primeros pasos por la acera de su calle, dejando atrás tantos momentos compartidos con su madre, hacia una nueva vida.

…me hubiera gustado poder despedirme de ella, abrazarla,  oler su cabello y decirle al oído, muy bajito, que la quiero, que vendré a verla, que volveré al pueblo cada vez que pueda… que me hubiera gustado que me acompañara a la estación, como hacíamos –cuando yo era pequeña- en los atardeceres de Julio y Agosto… íbamos a pasear por los andenes y jugábamos a ver quién era la primera en ver la luz del tren que se acercaba aullando, reduciendo su velocidad para hacer una entrada elegante en la pequeña y humilde estación de nuestro pueblo… y, cuando el sol se ocultaba por completo, nos tumbábamos al final del andén, observando el cielo estrellado y, escuchando una peculiar banda sonora ejecutada por una  orquesta de grillos invisibles...  mi madre me enseñaba el nombre de las constelaciones,  señalando, con sus delgados dedos, el lugar en el que estaba cada una de ellas…
… más tarde, en mi cama, imaginaba esas estrellas y las figuras que formaban, pero, en cuanto el pitido del Correo de Medianoche irrumpía en mi dormitorio, me ponía a pensar que yo era uno de los pasajeros que viajaban en aquel tren a un lejano país y también fantaseaba con aquellos desconocidos que se atrevían a viajar a esas horas de la noche… cuál sería su destino, qué ciudad o qué lugar irían a visitar... me extasiaba volar, con mis alas de luz, sobre el tren, observarlos de cerca, sin ser vista, a través de las ventanillas, dentro de sus compartimentos… dormían, charlaban, tomaban un bocadillo, leían, fumaban, se besaban, se acariciaban... un día, me subiré en él…  me decía a mí misma… sí, cuando me haga mayor y no tenga miedo, me subiré en uno de esos vagones y me dormiré con el dulce traqueteo... sí, ahora ya soy mayor, he despertado del letargo… ese tren se va y tengo que cogerlo o me estaré arrepintiendo toda la vida… esto es lo que quiero… esto es lo que voy a hacer…

Tan ensimismada iba en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que había llegado al final de su trayecto. El camino se le había hecho muy corto. Un gran revuelo en la puerta principal y una ambulancia con las puertas abiertas dificultaban el acceso a la estación de ferrocarril. En el interior, la gente murmuraba, se miraban unos a otros con sorpresa, con incredulidad,  algunas personas gritaban, una señora se había desmayado, un médico la estaba atendiendo.
Rosario agarró con fuerza sus maletas, tomó aire y caminó decidida por el andén. En la taquilla le habían informado de que su tren, que había salido a la hora prevista de la estación de origen, todavía no  había llegado. Se hallaba retenido, a la entrada del pueblo, debido a un accidente. Rosario no quiso saber nada más. Dio media vuelta y retomó su camino, sin percibir que el chico continuaba explicando el suceso, a ella y a algunos curiosos que también se habían acercado hasta la taquilla, al escuchar el rumor de que, unas horas antes, una persona se había colocado en la vía. El tren de las ocho de la mañana había acabado con su vida. El cuerpo permanecía todavía en el lugar de los hechos, bajo una sábana, a la espera de que el Juez de Paz llevase a cabo el procedimiento legal de levantamiento del cadáver.
Rosario avanzaba lentamente, evitando mirar hacia el lugar del accidente. Intentaba distraerse observando, en el horizonte, el suave descenso de esos primeros copos de nieve, hasta que algo llamó su atención. Sobre los grises adoquines del andén, descubrió, con horror, el blanco bastón de su madre.


2 comentarios:

  1. soy fran perez, el padre de irene, real como la vida misma.Rosario fué muy valiente y venció sus miedos, debemos seguir sus pasos.

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  2. Hola Fran!! Me alegro de que hayas hecho esta interpretación del relato!Un abrazo

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