jueves, 8 de noviembre de 2012

MARINA SIEMPRE ESTARÁ A MI LADO

el amor, la soledad, sentimientos humanos
Nieves Martínez Hidalgo
  




'El amor es multicolor'





Eran las primeras navidades sin ella. Un cubierto menos en la mesa, un  regalo que los Reyes Magos no dejarán bajo el abeto artificial, que como cada año, y sin reflexionar, había bajado del desván, sin caer en la cuenta de que ella ya no podría decorarlo, sin pensar que yo no volvería a escuchar sus demandas joviales y apresuradas: -¡Lucía, bájame la caja de los adornos navideños, mis padres están a punto de llegar!

Su corazón se inundaba de alegría con el estreno de los primeros días de diciembre. Con la caída de las primeras nieves, la veía correr los visillos y quedarse embelesada contemplando cómo el color marrón de los tejados iba desvaneciéndose bajo un blanco almohadillado.
El invierno era su estación. Le encantaba sacar las alfombras, las mantas, los edredones. Disfrutaba encendiendo el brasero eléctrico bajo aquella hermosa y maciza mesa de camilla que su madre le regaló cuando nos instalamos en nuestra primera casa y, en la que tantas historias nos hemos contado y vuelto a contar y a escuchar en los largos meses de invierno.

Marina ha sido mi compañera de vida y mi amor secreto en los inicios de la preadolescencia. Fue en cuarto curso –todavía no habíamos cumplido los diez años- cuando la ví y la escuché por vez primera. Sus trenzas rubias, sus ojos castaños  y  su piel, de un blanco azulado, fueron los rasgos que captaron mi atención. Sin embargo, lo que despertó y mantuvo en mí la fuerte atracción que siempre sentí hacia ella fue la dulzura de su voz, la serenidad de sus palabras.
En clase de geografía, con doña Lola al frente,  y desde su mesa, situada en el segundo lugar de la tercera fila, junto a la ventana, la escuché recitar de forma armoniosa los ríos de España. Desde ese día adoré la geografía. ¡Qué cambio has dado, Lucía! –decía mi madre- al verme tan aplicada haciendo mis tareas escolares. Mi padre me desordenaba el pelo con su enorme mano, mientras le recriminaba -¡Déjala tranquila, Pepita, que se nos está haciendo una mujercita!

Marina y yo comenzamos a salir durante las vacaciones de navidad de nuestro primer año de bachillerato. Le escribí una carta que le entregó la hermana de Pablo, mi amigo más íntimo, en la que le declaraba mis sentimientos y le dedicaba un poema fresco y sincero, fruto de la inspiración que despertaba en mí el amor que sentía por ella: “Eres más linda y suave que las perlas del mar…”
El corazón me oprime el pecho y la garganta y mis ojos revientan en lágrimas al recordar que su respuesta no se hizo esperar; aquel mismo día Marina me contestó. Fue directa y espontánea: -Sí, Lucía, yo también siento lo mismo por ti, te amo y te amaré toda la vida.

Quedamos en vernos con los amigos en la iglesia. Como cada año cantaríamos todos juntos en el coro, durante la misa de gallo.
Cuando subíamos por la estrecha y oscura escalera de piedra, para colocarnos tras el armonio, Marina se adelantó y se puso a mi lado. Con cierta timidez le cogí la mano. El calor de nuestros sentimientos atravesó los gruesos guantes de lana y cruzamos nuestras miradas. Todavía noto en mis mejillas el calor que sus ojos irradiaban.
Tras los villancicos, que aquella noche, destacaron por la melodía de sus sones, el chocolate caliente en casa de Pablo. Allí pude verla de nuevo. Estaba con la hermana de Pablo y con sus amigas, sonriendo sonrojada, susurrando palabras entrecortadas, mientras me miraba.

El día de Reyes le llevé un regalito que con tiempo había preparado para ella. Dentro de una cajita de cartón y escondida entre algodones, una llave, y un papelito cinco veces doblado en el que podía leerse: “Sólo tú tienes la llave de mi corazón, guárdala en un lugar bien seguro.”
Con ilusión, Marina deshizo el lazo del paquete, envuelto en papel rosado, pensando –según me confesó después con la confianza y la seguridad que dan los años- que sería un anillo de plata con alguna inscripción grabada. Sus pupilas se dilataron al ver esa pequeña llave y sus labios sonrieron almibarados al leer el papelito tantas veces doblado.
Marina me apretó la mano, se acercó y me besó en la mejilla, diciéndome muy bajito: -gracias, Lucía, gracias.

Marina siempre estuvo a mi lado.

Terminó el instituto y juntas marchamos a la universidad. Ella se matriculó en Medicina, yo en Geografía e Historia. Aquellos años de transición política, de revueltas estudiantiles, de lucha por la libertad y la democracia nos unieron en una distancia forzada.
Desde la prisión seguía en contacto con ella. En una manifestación estudiantil  me detuvieron por agredir a uno de los “grises” que intentaban impedirnos el paso y hacernos desistir de nuestras intenciones, golpeándonos con las porras, lanzándonos botes de humo y disparando balas de goma. Le dí en el ojo derecho con el libro de Historia Antigua y dos o tres carpetazos en la espalda. No recuerdo nada más de aquella viva jornada.



Mi primer día en libertad lo pasé abrazada a Marina, nuestros dedos entrelazados, el latido de nuestros corazones acompasado, nuestras voces entremezcladas.
Me expulsaron de la universidad con un precioso expediente disciplinario bajo el brazo. Mi padre dejó de hablarme y, por supuesto, de ingresarme la mensualidad. Con sus últimas palabras me enviaba lejos del hogar familiar a buscar la independencia y la libertad que tanto ansiaba. Mi madre quedó muy triste, a su pesar callaba.
Encontré un empleo en una de esas nuevas gigantes empresas de comercio exterior, en la que por tener el bachiller, ocupé un puesto en el departamento de administración. Mis conocimientos de geografía fueron de utilidad, pues situaba con rapidez y eficacia los países con los que esta empresa comerciaba, gestionando los medios de transporte y las rutas por las que resultaba más interesante y viable hacer llegar la mercancía.
Marina terminó Medicina, especialidad en Dermatología.
Nos hicimos mayores con las alegrías y con las penas que la vida nos fue deparando.
Mi padre murió sin querer abrazarme, pero le acompañé en sus últimos días. Desde la puerta de su dormitorio pude decirle adiós, perdonarme y perdonarle. Mi  madre le sobrevivió unos meses y también nos dejó.

Marina siempre ha estado a mi lado.


Ahora, al abrir la caja polvorienta de los adornos navideños, respiro el olor a alcanfor y voy sacando una a una las guirnaldas acharoladas que mi compañera, mi amor, mi amiga, cada año acariciaba antes de colocarlas serpenteando entre las ramas de nuestro abeto artificial.
En el fondo de la caja brillan metalizadas las bolas de navidad. Me fijo en que hay varias resquebrajadas. Del interior de una de ellas sobresale la esquina de una de las cuartillas rosadas que Marina utilizaba para escribir las prescripciones facultativas a sus pacientes.  Tiro con suavidad de ella, la desdoblo y la leo. Es una carta de despedida. A medida que voy leyendo parece que escucho su voz dulce que con palabras serenas me transmite algo que yo intuía. Me explica que quizás estas navidades no las pase conmigo, su enfermedad ha entrado en fase terminal. Sola había visitado a varios de sus colegas y todos coincidían en el fatal pronóstico, cualquier tipo de tratamiento o intervención parecía contraindicado, pues aceleraría el final y dañaría su calidad de vida.

Me ocultó la verdad, por si acaso su cuerpo resistía. Y, por si ocurría lo contrario,  me dejaba, escondida en un lugar bien seguro y cinco veces doblada, una carta de amor intenso, desesperado, en la que me hacía saber que no quería morir, no quería marcharse y dejarme abandonada; que, en ocasiones, la rabia le conducía por senderos en los que luchaba contra fantasías en las que ella elegía el momento y el lugar de la partida, sin embargo, el amor la pacificaba y le decidía a continuar junto a mí, junto a sus padres. Me decía que hubiera querido que le bajase del desván, como todos los años, la caja de los adornos navideños, para colocar las guirnaldas alcanforadas serpenteando entre las ramas de nuestro abeto artificial y colgar las bolas nacaradas. Me hubiera pedido que bajase la zambomba y las panderetas para que cantásemos con nuestros hijos –los que no pudimos tener- aquellos villancicos que aprendimos en el coro, cuando éramos adolescentes…


Marina siempre estará a mi lado.




4 comentarios:

  1. Muchas gracias, princesa. Esos sentimientos de amor son mutuos.

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  2. Precioso Nieves!.
    Desde tu mirada cualquier historia se vuelve serena y cargada de sentimiento.
    Si bien no me equivoco el mar que contemplas en la foto del inicio del relato me suena conocido aunque lo recuerdo más bravío. Quizás ante tu atenta mirada decidiera calmarse para que le susurres las bellas palabras que nos regalas cada vez que tienes y tenemos la oportunidad de compartir contigo.
    Eres grande en humanidad y ternura. Eso no es un logro fácil ni asequible para todo aquél que lo intente.
    Qué contexto tan difícil el que nos presentas con las dos protagonistas y sorprendente la sustracción de lo que realmente importa; la relación amorosa entre ambas. Has conseguido que sonría con lágrimas de tristeza en los ojos!
    Un beso grande y enhorabuena.

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    1. Muchas gracias Mikel por tu sensibilidad, por tus palabras, por tu cariño sincero con el que me hablas. Un abrazo.

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