miércoles, 17 de octubre de 2018

ADIÓS A LA RAZÓN: PAUL FEYERABEND

Por Joaquín Regadera
Pensador y Cineasta



















Se cree que Paul Feyerabend es del "todo vale" sin más. Pero sus críticas de los intentos de codificación de la práctica científica están bien justificados. Ni en su libro Adiós a la razón es del todo un irracionalista. ¿Cómo es posible que la ciencia pueda depender tanto de la cultura y, sin embargo, producir resultados tan sólidos? En este caso, porque Feyerabend no olvida ni las predicciones ni la tecnología.

Un anarquista es como un agente secreto que juega al juego de la Razón para socavar la autoridad de la Razón -Verdad, Honradez, Justicia. Porque la ciencia no tiene porqué organizarse a tenor de unas reglas fijas y universales. Lo que no existe es una racionalidad global. Y hay que cuestionar la validez de la distinción entre descubrimiento y justificación. Por ejemplo, la anomalía de órbita de Mercurio adquirió un estatuto epistemológico diferente con el advenimiento de la relatividad general. Es decir, hay que cuestionar el sometimiento a las restricciones de orden racional.



En esta línea, hasta hace un par de años me aventuré voluntariamente a flirtear con lo irracional e ininteligible. Por el contrario, hoy en día ando flirteando con el polo opuesto para alejarme del todo vale, porque hemos de organizar nuestras vidas útil y competentemente para que merezcan ser vividas. Hacerse competente significa no dejarse dominar, significa hacerse de respetar tomando responsabilidades para con las formas en las que percibimos el mundo, porque, inevitablemente, tenemos que actuar para no sufrir petrificades. Se trata de comprender que las interpretaciones funcionales son finitas, y no infinitas como propone el posmodernismo, porque hay interpretaciones que no funcionan ni en el nivel biológico ni en el nivel de una convivencia cooperativa que no interfiera negativamente en nuestro futuro. La lógica del sentido común tiene la función de definir informadamente todas las delimitaciones ético-estéticas. En el caso de las políticas identitarias, se juega con una variación de la lógica clásico-marxista de opresores y oprimidos, dando por sentado que lo que más condiciona a una persona es su identidad, pero no es así. Porque no todos los antojos identitarios son socialmente útiles ni, por ende, de respetar.



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