viernes, 30 de noviembre de 2018

RELACIÓN DE PAREJA

Fotograma de La pareja perfecta de Nobuhiro Suwa (2006)
Por Joaquín Regadera
Cineasta


Cuando nuestra pareja no satisface nuestros deseos y necesidades, hemos de decírselo. Por ejemplo de la siguiente forma:



Cariño, en esta particularidad soy dependiente y no me avergüenzo de reconocerlo. Me refiero a que necesito que al despedirte de mí lo hagas cálidamente para que me dejes con un buen sabor de boca, porque de lo contrario, si te despides fríamente, me rayaré sobre la preocupación de que algo malo sucede, de que algo nos sucede. 


Esto es así porque un desafío de las expectativas conlleva una exaltación de las emociones; y en concreto la frustración acerca de lo que esperamos remueve nuestra negatividad. Puede que en ocasiones confusas nuestra expectativa sea la perfección y, por ello, cualquier imperfección termina por destacar de una manera mucho más acusada que todas las cosas buenas que nos rodean. Puesto que lo que está ya bien parece no interferir en nuestro camino, mientras que un contratiempo -el que sea- se torna suficiente para cortocircuitar nuestra tranquilidad como si sólo pudiésemos valorar el obstáculo y no la parte amable y favorablemente allanada. Sucede que por mucha dedicación y sacrificio de su tiempo y de su energía que a nuestra pareja le haya ocasionado allanarnos el camino, podría bastarnos una pequeña mancha en el horizonte emocional para invisibilizar todo el esfuerzo que ha invertido en la limpieza general del paisaje que habitamos. Y la única razón por la que lo hacemos es la injustificable compulsión sádica de querer castigar a la otra persona. Y además, como es sabido, el castigo más duro es aquel que se ejerce sobre una persona que ha hecho las cosas bien. No aquel que se ejecuta sobre la persona que ha obrado mal. Una persona que ha hecho algo mal, podría incluso sentirse aliviada si recibiese un castigo que considerase merecido. No obstante, una persona que no se merece ningún castigo porque ha puesto verdadero empeño en que todo salga bien, si en lugar de ser valorada por su esfuerzo y por su atención recibiese un castigo, se le estaría hiriendo de una manera que no podría ni concordar ni comprender. Se estaría perjudicando su integridad de una forma tan frustrante que se haría improbable que volviese a hacer las cosas bien nunca más. Por ello, es imprescindible prestar atención a los aciertos antes de someter a la otra persona a un castigo por una equivocación entre todas las cosas en las que sí ha atinado. 

En una relación de pareja es muy importante que una persona le enseñe a la otra qué es lo que le funciona y qué no, y hay que tomarse esto como un entrenamiento mutuo, porque el amor compromete y en el concepto de pareja se arraigan unas implicaciones emocionales que inevitablemente darán sus frutos con el tiempo. Es nuestra responsabilidad que estos frutos siempre nos nutran y nunca nos envenenen. Pudiese ser que la estructura de nuestra realidad estuviese sustentada sobre una base de valores éticos bien formados y contrastados y que, sin embargo, al empezar cualquier relación surgiese una desorientación inicial debida a las diferencias que distinguen a una persona de la otra y que deberían de ser descubiertas y admitidas, porque aplastar las diferencias del otro, como por ejemplo sus impulsos y su propia manera de hacer las cosas, no va sino en detrimento de la armonía y del equilibrio de la convivencia, hasta el punto de imposibilitar el encuentro con la felicidad que se busca en toda relación de pareja. 

Es de vital importancia descubrir qué es lo que hace feliz a la otra persona, para que la relación funcione y goce de buena salud. Y resulta menester facilitarle de manera directa el conocimiento de qué es lo que deseamos, de cómo lo deseamos y de cuál es la manera que tiene de conseguirlo, porque toda la sabiduría de las relaciones de pareja radica principal y fundamentalmente en ello. Lo contrario, es decir, la ausencia de esta sabiduría, pasa con demasiada frecuencia de lo incómodo a lo horrible. Dado que sin práctica no hay sofisticación y sin sofisticación hay una tendencia errática acumulativa que suele derivar en el colapso de las emociones por una sobrecarga de los problemas subyacentes. Se trata también de paciencia, de tolerar que la otra persona, desorientada como tú al principio de la relación, traiga consigo una inercia errática mientras se esfuerza por hacer las cosas bien. Porque lo primero que hay que valorar no son los errores sino los potenciales y los aciertos que cabe intuir darán sus buenos frutos a lo largo de la convivencia. Desvalorizar algo tan importante como los aciertos y los potenciales, deshumaniza irremediablemente no sólo la relación en sí sino a la propia persona, llegando a convertirla y a convertirnos en poco más que desechos humanos. La prueba de esta deshumanización reside en el hecho de que la mayoría social está secretamente deprimida y neurótica. La clave se encuentra en el comportamiento con el que nos tratamos les unes a les otres. 


Por ejemplo, cuando nos asaltan dudas acerca de si hemos hecho bien algo que en realidad sabemos de sobras cómo se hace bien, la mayoría de las veces resultará que al revisarlo comprobaremos que sí lo habíamos hecho bien y que nuestras dudas habían perturbado nuestro equilibrio en vano. De cualquier forma, este asalto a une misme tiene su germen en todas esas veces en las que alguien nos ha tachado de ser estúpides para ponerse por encima nuestra en la jerarquía de dominación. Sospechamos de nosotres mismes porque este tipo de asaltos nos anula como personas, dando lugar a que en el momento menos esperado dudemos de nuestra propia eficacia. Así, la causa de nuestra inseguridad y la que nos ha conducido a esta clase de confusión, simplemente porque hemos cometido algún fallo de manera puntual, es que se nos acuse de ser estúpidos en general, como si siempre lo hubiésemos sido, siempre lo fuésemos a ser y por tanto no existiesen posibilidades de que nuestro comportamiento fuese a funcionar en la sociedad, porque es muy diferente al aceptable y comprensible hecho de que se nos apunte un fallo en concreto. Así que párate, mírate y rehazte. Entrénate en la mentalidad del cuidado. Mejora. Valora al menos un aspecto positivo de la otra persona y de ti misme una vez al día, todos los días, durante todas las semanas del año. Y seguro que en ese tiempo habrás notado un gran cambio.