domingo, 16 de diciembre de 2018

QUÉ NO HACER EN UNA GALA DE ENTREGA DE PREMIOS

Ada Hegerberg

Por Joaquín Regadera
Cineasta













En un contexto global en el que los varones machacamos incesantemente sobre la demanda de la sexualidad de la mujer, y concretamente en una gala donde se espera centrar la atención en el hecho histórico de la primera futbolista a la que se le da el Balón de Oro, la delantera de Lyon y Noruega Ada Hegerberg, resulta estúpido, y por contexto también machista, distraer la atención pidiéndole a esta que mueva el culo para deleite mayoritariamente masculino. Sobre todo, porque la sociedad no va a superar su sexismo machista para estar por fin sexualmente liberada del decoro de la relación entre los cuerpos puritana y para reapropiarnos de una sexualidad alegre que no genere expectativas románticas, hasta que los varones devolvamos la estabilidad emocional que perturbamos diariamente con este machaque incesante sobre la demanda sexual de la mujer. Por tanto, los varones hemos de dejar que las mujeres hagan con sus cuerpos lo que quieran, no pidiéndoles en absoluto que satisfagan nuestros deseos, salvo en aquellos contextos receptivos a ello. A la vez que debemos revisar si en estos contextos receptivos nos estamos aprovechando de la situación o si por el contrario se están satisfaciendo también los deseos de la mujer de manera cabal, equilibrada y justa.

POLIAMOR

Brigitte Vasallo
Por Joaquin Regadera
Cineasta 














Brigitte Vasallo, autora del libro Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, describe el concepto de “amor Disney” como aquel en el que la chica buena rodeada de mujeres enemigas es salvada por un señor de clase más alta que la encierra en un castillo. Incluso si estas mujeres fuesen sus buenas amigas desde hace diez años, con la aparición de un novio, la chica y sus amigas se distancian sin querer, progresivamente y sin darse cuenta, acatando la norma preestablecida de que el espacio de la pareja es un territorio incuestionable e intocable, como si el concepto de pareja fuese un bastión más importante que el concepto de amistad. Esto sucede porque hemos aprendido erróneamente que “el amor es ciego”, a pesar de que las relaciones interpersonales, y especialmente las relaciones íntimas, necesitan de una mirada externa del entorno que visibilice las dinámicas internas de la relación, puesto que en todas las relaciones se producen siempre un conjunto de violencias que hay que matizar o suavizar. Si las amigas no supiesen cómo son las dinámicas internas de la pareja, se estaría levantando un muro que invisibilizaría todas aquellas conductas tóxicas que deben ser prevenidas e intervenidas. Ya que, como es sabido, la inmensa mayoría de las personas estamos psicotizadas por el miedo, dependiendo de la sensibilidad de cada cual, porque un entorno empático es rarísimo. Esto es así porque empatizar con el otro puede resultar incómodo en la medida que nos vemos en la situación de revivir una experiencia traumática que no hemos ni comprendido ni superado del todo todavía, lo que nos induce a tolerar irracionalmente el sadismo que hemos sufrido, aplicándolo además en otras personas, para hacernos creer que nuestro sufrimiento no ha sido en vano y que, por tanto, también los demás deben experimentarlo y padecerlo. Básicamente, se trataría de que aprendiésemos a cultivar el respeto integrando nuestra fuerza en la sociedad, en lugar de abusar de nuestra fuerza para infundir el miedo injustamente; ya que el abuso es lo que constituye una relación de poder; y, donde hay relación de poder, hay violación a la integridad personal. 

Frente a la alienación que conllevan el miedo, la falta de empatía y su consecuente jerarquización de las relaciones, es de vital importancia valorar el hecho de que son las amistades las que tejen la red afectiva del entorno, y hay que comprender que su función psicoafectiva es la de desmontar la estructura jerárquica que cultural y consustancialmente viene entramada o entretejida en el concepto de pareja. Hoy en día se hace ya inexcusable que incorporemos lo más pronto posible a nuestro lenguaje la importancia real y verdadera que representan las amistades. Por ejemplo, así: 
Esta de aquí es sólo mi pareja; y estas de aquí son mis amigas. Y vamos todas juntas. 

Además, las peores violencias provienen del capitalismo y, por ello, hay que generar formas sociales de parentesco más allá del vínculo familiar, de la consanguinidad y de la pareja, es decir, hay que tejer redes afectivas para poder contar con un respaldo en el que apoyarnos y con el que estar más acompañadas y protegidas. Acompañadas y protegidas, por un lado, del capitalismo de los afectos, en sus dos vertientes: el capitalismo monógamo, por el que, a falta de una multiplicidad de amores, se termina desechando a la pareja, como si ésta fuese una camiseta pasada de moda, para reemplazarla por una nueva y mejor; y el capitalismo poliamoroso, un poliamor desviado, cuyas formas han caído en un insano policonsumo de cuerpos, como si se tratase de un supermercado de los afectos, que deja a su paso un rastro de cadáveres emocionales en el camino. Por lo que cabe recordar que hay que ser muy cuidadoses con las condiciones de relacionarse, optimizando la información entre les implicades, para que cada una de las partes sepa qué lugar ocupa en la vida de la otra persona y cuáles son las expectativas reales del lugar que podría ocupar, procurando siempre que la energía de la nueva relación ni descuide la atención que veníamos prestando a nuestras demás relaciones, ni genere tampoco expectativas erróneas en la nueva relación. Y, por otro lado, para hacer frente al capitalismo económico, con prácticas de resistencia que nos autodefiendan de la precariedad laboral y de los bajos salarios, y de la estafa e incertidumbre inmobiliaria, principalmente. En cualquier caso, lo primero que el amor debe proporcionarnos es felicidad, es decir, estabilidad emocional: la tranquilidad de poder hacer lo que nos gusta con las personas a las que queremos. 

Debemos reinventar la sociedad. Porque todes necesitamos en el fondo cambiar el mundo, de una manera sencilla y muy útil: pensándonos en red. Se trataría de llevar a los críos al cole, aunque no se tenga hijos; de preparar el tupper de comida para todas; de llevarle un plato de sopa a tu vecina para que no tenga que cocinar porque sabes que es mayor, y preguntarle cómo está. Esto es también poliamor. Un poliamor subversivo e invisible que pone en riesgo al capitalismo. Un poliamor originado en los márgenes del Estado, fuera del sistema, creado por activistas que no se limitan a experimentar durante una temporada pero que luego encuentran a su media naranja y se van a hacer su nidito con esa persona. Se trata de un poliamor concebido por personas que se hacen verdaderamente alternativas. Personas que desarrollan la capacidad de comprender que, cuanto más precaria es la vida, más se necesita de un tejido social sobre el que apoyarse para cuestiones tan prácticas como pensarse en red. Se trata de desmontar aquellas prácticas que no quieres para ti, porque en ellas hay implícita la reproducción de una violencia, para así dar lugar a la construcción de una convivencia centrada en la inmanencia de la vida, es decir, en cómo te vas a cuidar y, sobre todo, en cómo vas a cuidar. Una forma de vida centrada en aquellas personas que nos traerán el plato de sopa a nosotras, cuando seamos nosotras quienes estemos enfermas. Una forma de vida centrada en crear las condiciones necesarias para la vida. Para una vida en la que podamos respirar tranquilas y en la que sentirnos a salvo, gracias a las redes afectivas. Una vida en la que se quite al sexo la carga que se le está poniendo y en la que podamos reapropiarnos cuidadosamente de nuestra sexualidad para volver a follar con alegría y sin generar expectativas románticas en la otra persona. Porque el amor y sus afectos hacen aflorar sentimientos que de otra manera permanecerían escondidos, el amor es la vida. Todo lo demás es literatura, ficción, poesía, arte. No hay nada más.